Nunca la vi tan desconsolada como esa noche... en la que necesitaba unos brazos que la hicieran darse cuenta que había alguien dispuesto a sostenerla, a escuchar los recuerdos de los momentos compartidos, a ayudarle a asimilar una de esas noticias que dejan sin aliento y sin ideas.
La muerte llega tan de repente, que el cerebro y el corazón se resisten a aceptar que hemos perdido lo que más amamos en un instante, y luego... el vacío.
Un mes después la vida continúa, nada volverá a ser igual, no sin su presencia y su sonrisa, no sin su mirada, que pueden diluirse con el tiempo en la memoria de los otros, pero no del corazón que, contra toda lógica y pronóstico, espera tener la oportunidad del reencuetro.
viernes, 22 de octubre de 2010
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

Jess, esto era a propósito de tu pérdida... ahora siento ese mismo vacío.
ResponderBorrarAsi es Gab. Nada vuelve a ser igual como el tiempo antes de la pérdida. Todo se convierte en ajeno durante un tiempo, hasta uno mismo se separa de sí, hasta que la vida y el tiempo se nos van reconstituyendo por pedazos. Pero ese vacío permanece y se convierte en uno más de los pedazos que nos siguen trans... formando.
ResponderBorrar