Hace años que no tenía un mes disponible… un mes alejada de todo y de todos… sin teléfono ni computadora, porque sí, porque me negué a hablar, a escuchar, a pensar en otra cosa que no fuera lo inmediato, la familia, lo cotidiano… es tan fácil vivir así, sin medir el tiempo, donde la duda del día era qué hacer de comer, y esperar que papá llegara, puntual como siempre, a compartir la comida. Ir juntos por el pan en la Datsun 67… o de paseo en la Jimmy… mía por un mes.
Tardes apacibles bajo el tamarindo, o en el atrio de la arrocera, a donde el viento llega aunque el pueblo esté sumido en el sopor de las tardes húmedas y nubladas de junio. Tardes perfectas, con detalles inesperados, como caminar bajo la lluvia hasta la casa, sin prisas, y llegar empapadas hasta los huesos, sonrientes y sorprendidas, porque a nuestra edad no anda uno caminando bajo una tormenta como si nada, había olvidado ya lo que se siente no correr a buscar un refugio ante las primeras gotas.
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