Su amistad fue algo tan fácil de aceptar, que cuando intenté hacer algo al respecto ya formaba parte de mis días. Se convirtió no sólo en el otro que habla, sino en el que escucha. Era la voz inesperada que llamaba porque sí, a media mañana o a media noche, triste o feliz, nostálgico o eufórico, si quería compartir el entusiasmo por el ya próximo viaje, una canción recién descubierta (a todo volumen) o proyectos por emprender; la decepción por la que creía la chica de su vida, primero, y por el jefe al que admiraba, después. Quien me hablaba de sus dudas y sus pocas certezas como si hablara consigo mismo, y yo, que tiendo a pensar que las personas que amo son mejores de lo que en realidad son, quise creer que no mentía, que en realidad podía ser el amigo que decía ser... ese al que sigo extrañando...
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