Entre Caín, Maridos y la lectura del premio Alfaguara 2010, apenas me he dado tiempo para escribir unas líneas en el diario, ese que anoche soñé que alguien leía...
El primer diario de mi vida empezó porque de repente tuve el temor de que quedaran en el olvido momentos que valdría la pena guardar, detalles que el tiempo va borrando y que, en su momento, hicieron latir el corazón con más fuerza, una sonrisa inesperada, el brillo de unos ojos, una noche que no debe olvidarse, una comida en familia, una tarde de lluvia vista desde la ventana... y después de cinco años, muchas páginas y unas cuantas lágrimas, el fuego lo devoró, no porque los pecados fueran grandes sino porque había muchas verdades, la historia de un amor que con el tiempo me di cuenta que ni amor fue, algunos reclamos y quizá algunos adjetivos que hubiesen herido a dos o tres personas; el fuego se llevó las letras y los recuerdos; luego vino el segundo, que aunque terminó como el primero tuvo un inicio lleno de esperanza y amor, el tiempo en el que me inventé un mundo aparte que por más de tres años quise compartir con el que pensé que era el amor de mi vida... pero la taquicardia por su presencia se convirtió en dolor por su ausencia... una ausencia tan voluntaria que con el paso de los meses (demasiados, pienso ahora) tuve que aceptar que, efectivamente, M no quería estar a mi lado, y el final de esa historia fue el final del diario, que me recordaba algo que yo me empeñaba en olvidar. Aún conservo el tercero, que bien podría servir para iniciar la trama de más de un cuento, las cursilerías se quedaron en el primero, las frustraciones en el segundo... aún no sé cuál será el final del tercero.

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